Diez Libros

Argumentos de temporada, para gustos no exquisitos

requesón y mantequilla, a todos nos gusta el frito

Dibujo de Pablo Sánchez Herrero

Historia, análisis del pasado y proyecto social. Josep Fontana

Es increíble la capacidad de este hombre para repartir mandobles a diestra y siniestra, debo confesar que no esperaba leer algo así en el mundillo de la academia histórica. Había leído ya otras cosas de Fontana; sobre historia de España, y me había gustado, por eso cogí este libro un poco inocentemente sin saber qué iba a encontrar; y Pum!!! un libro sobre el oficio del historiador (ideología, etc.) donde como un boxeador, el autor reparte cera indiscriminadamente desde el centro del cuadrilátero, o para ser más exacto: desde la izquierda del cuadrilátero, porque lo primero que habría que decir a un lector potencial es que este hombre es de izquierdas, y no penséis que va a intentar ocultarlo o dejarlo de lado en algún momento por un afán de objetividad o cualquier otro remilgo, en lo absoluto.

Paso directamente a algunos ejemplos:

Hablando de Collingwood: “… nos da, además, una pintoresca lista de ‘historiadores científicos’, clasificados por países, que demuestra muy poca sagacidad al valorar la situación real de los estudios históricos, ya que hace figurar a Dilthey o a Spengler, que difícilmente pueden ser considerados como historiadores, mientras se olvida de Pirenne, Schmoller o Marc Bloch. Todo lo cual no le impide pontificar y soltar trivialidades como la de que la función del historiador es ‘re-enact the past in his own mind’ – volver a la vida en su pensamiento los pensamientos de los hombres del pasado-. Lo más asombroso, en el caso de Collingwood, es que se haya llegado a tomar tan en serio lo que no es más que un potaje de elementos tomados de Dilthey, los neokantianos, Croce y compañía”.

Sobre Toynbee: “Arnold J. Toynbee ha propuesto otra morfología que encajona el curso entero de la historia de la humanidad en una sucesión de 29 ‘sociedades’ o ‘civilizaciones’, que nacen como consecuencia de unas incitaciones, de unos factores adversos a superar que estimulan una respuesta por parte de los hombres. (…) No se crea, sin embargo, que estos procesos son de índole colectiva, el crecimiento de las civilizaciones es obra de los individuos y de las pequeñas minorías creadoras, que son quienes encuentran los caminos que los demás seguirán por mímesis. El individuo creador se retira para recibir su iluminación personal y regresa después para iluminar a los otros (San Pablo o San Benito, Buda o Mahoma, Dante o Maquiavelo, etc.). Cuando las sociedades se estancan las minorías creadoras se convierten en simplemente dominantes y pierden la adhesión. Si se ha querido sustituir la persuasión por la coerción, se pierde la mímesis y los discípulos se convierten en un proletariado refractario. (…) Así, no sólo las pautas generales de la historia están fijadas, sino que todo lo fundamental ha sido ya aportado: la investigación de la historia puede cesar, puesto que Toynbee ha explicado todo lo que merece la pena explicar.”

Es todavía más elocuente cuando habla de Marvin Harris: “… cuyo economicismo primitivo puede parecer una broma inocente mientras se contenta con explicar los sacrificios de prisioneros en América precolombina por las necesidades alimenticias (…) pero deja de serlo cuando se pone a seguir a Wittfogel para decir que la lucha de clases es un lujo de las sociedades abiertas, o cuando fabrica una morfología para dar cuenta de la historia humana sobre la base de que en cada época ha habido una fase de reproducción excesiva de los hombres que ha conducido al agotamiento de los recursos naturales en las condiciones de utilización vigentes, y que ello ha originado una crisis, de la que se ha salido con nuevos sistemas de producción, cada uno de ellos con una forma característica de violencia, trabajos penosos, explotación o crueldad institucionalizados, lo que como se ve, nos deja privados de cualquier esperanza de mejora real. Porque, frente a este ciclo infernal de la presión reproductora, la intensificación y el agotamiento ambiental no tiene otra solución que la ‘expansión de la objetividad científica en el dominio de los enigmas de los estilos de vida’ – esto es la clase de broma que él mismo practica a propósito de los cerdos, las vacas o los sacrificios aztecas -, con lo que ese falso ilustrado se nos muestra como un vulgar vendedor de drogas adormecedoras al servicio de la causa, eminentemente conservadora, de la despolitización”.

Sobre la escuela de Annales se explaya en varios de sus componentes más destacados, sólo daré algunas perlas:

  • Sobre la escuela en general: “finge preocupaciones progresistas y procura apartar a quienes trabajan en el terreno de la historia del peligro de adentrarse en la reflexión teórica” y más adelante “… ese funcionalismo sin base teórica propia que es la escuela de Annales”.
  • Sobre Braudel: hablando sobre El Mediterráneo y el mundo Mediterráneo en la época de Felipe II “El resultado fue un libro bien escrito, lleno de sugerencias y de hallazgos parciales, pero, en suma, descriptivo, sin un hilo conductor que enlazara las tres grandes rebanadas. La prueba la tenemos en que no aporta nada al conocimiento del problema fundamental de la época de que se ocupa: el del tránsito del feudalismo al capitalismo”.
  • Sobre Le Roy Ladurie: “Montaillou, village occitan, un libro picante y vacío, donde todo se reduce a sexo y religión, con lo que se ha conseguido el feliz resultado de eliminar de la vida de los hombres el trabajo y la explotación, de modo que el lugar que en una monografía histórica razonable se hubiera destinado al análisis del funcionamiento del sistema feudal en que estos campesinos vivían es ocupado aquí por la descripción de la forma en que se quitan los piojos los unos a los otros o por el relato de las aventuras amorosas del cura”.

Y no voy a seguir citando porque creo que con esto es más que suficiente para imaginar por donde van los tiros.

Pero estaría simplificando injustamente las cosas si dejara aquí el comentario, porque obviamente Fontana no sólo ha escrito este libro para poner en su sitio a algunos historiadores conservadores. Lo que encontramos aquí en el fondo es un resumen de las profundas inconsistencias a las que se puede llegar cuando olvidamos 2 cosas:

  • En primer lugar, pensamos en torno a modelos de comprensión de la realidad, y por tanto, si declaramos que los hemos abandonado en pos de la objetividad, en su búsqueda digamos (sin entrar en consideraciones de si esto es legítimo, deseable o en realidad posible), no es admisible hacerlo obviando o soslayando su existencia, fingiendo que nunca existieron. Aquí no valen los fuegos de artificio, y Fontana señala muy atinadamente donde están los trucos. De allí su acerada crítica hacia todas aquellas historiografías que se esfuerzan por construir un relato que parte de una supuesta observación pura y objetiva de los hechos, ocultando la ideología, la fe, o cualquier otro factor que haya condicionado los parámetros mentales de donde parte cada historiador para realizar su tarea.
  • Y en segundo lugar, no podemos descuidar nunca la profunda naturaleza social y política de los hechos históricos. Pero es increíble la cantidad de “Grandes Historiadores” que lo han hecho, que han construido edificios enormes de pensamiento sobre bases que no hablaban en lo absoluto de factores socio-económicos y/o sistemas políticos, sino más bien de estructuras teóricas donde los hechos se iban acomodando conforme al orden que convenía a la demostración de la teoría general, y no siguiendo el análisis de los condicionantes relevantes de cada momento histórico. Fontana nos recuerda que la historia no es una fatalidad cíclica o algo parecido, que no vivimos fases definidas por un Dios o una verdad esencial que planea por debajo de las aguas más profundas del tiempo, y que la labor del historiador no es descubrir una ley universal capaz de explicar todo lo que ha ocurrido y ocurrirá en cualquier momento y lugar. Por eso no valen las morfologías, las teorías omnicomprensivas que se sostienen exclusivamente de un esquema predeterminado, por más sugerente que pueda resultar a primera vista dicho modelo.

En resumen, no olvidemos la política, porque el partido se está jugando todo el tiempo y el resultado siempre está por ver, diga lo que diga el señor Toynbee.