Diez Libros

Argumentos de temporada, para gustos no exquisitos

requesón y mantequilla, a todos nos gusta el frito

Dibujo de Pablo Sánchez Herrero

La vida maravillosa, Stephen Jay Gould

Cuando todavía estudiaba en la universidad pasé una temporada enganchado al tema de la evolución de las especies: hubo un momento en que toda mi casa estaba llena de libros, películas y todo tipo de material relacionado. Me obsesionaba Darwin, su historia, un caballero inglés hasta la médula que se mete de lleno en la ciencia y termina demostrando que no somos precisamente el sumun de la creación de dios, como creían con fervor los británicos blancos ricos y orondos de mediados del XIX, sino un accidente más en la infinita espiral del cambio que es la historia de la vida en el planeta.

Pasaba días enteros en las bibliotecas, tomando notas cuidadosamente en mis libretas moleskine, vivía en un zulo, con cierto encanto, que alquilaba a un señor mayor por una cantidad ridícula.

En esa época conocí a uno de esos héroes que sólo producen las comunidades universitarias, Gordon Collins era un tipo increíble, parecía omnipresente, no había facultad donde no se le hubiera visto alguna vez repartiendo fanzines o anunciando quedadas para tomar el ayuntamiento, leer poesía, bailar swing, beber hasta morir, etc. etc. nadie sabía en cuantas cosas estaba metido, pero aparecía siempre liderando; en los bares, en los botellones, en los conciertos, donde fuera. Para mi grupo de amigos era una figura, todos le admiraban de alguna manera.

Hablamos por primera vez una tarde en la entrada de la biblioteca de filología, se acercó a pedirme un cigarro y comenzamos a charlar, y terminamos bebiendo cerveza en mi casa hasta la madrugada. Era un conversador vibrante y desmedido, le apasionaban la literatura y la biología (ese día me enteré de que hacía un máster de biología evolutiva del desarrollo), pero también el cine, la música (escuchaba desde punk hasta salsa brava de los 70) y un montón de cosas más. Esa noche hablamos de los darwinistas y neodarwinistas, de la teoría del gen egoísta, de si la salsa podía considerarse o no un invento neoyorkino, de Lynn Margulis, de la influencia de las drogas en la poesía contemporánea, de si Michael Ruse era o no filosofía, de Peter Greenaway, de la teoría de juegos, de Maynard Smith y su aplicación de la teoría de juegos, y un larguísimo etc. Yo no había sentido una conexión natural tan brutal con alguien nunca, y creo que no me ha vuelto a pasar a ese nivel. No porque estuviéramos de acuerdo en todo, que estaba muy lejos de ser así, sino por constatar que bebíamos de las mismas fuentes, que de alguna manera había recorrido el mismo camino que yo había hecho alguna vez.

Pero después de esa quedada, que para mí fue fundamental por la cantidad de ideas nuevas que me aportó, no volvimos a hablar en condiciones hasta pasados varios meses. Lo veía de vez en cuando; una vez en la entrada de la facultad de geografía en una protesta antifascista, otro día coincidimos en un seminario donde el invitado era Agustín García Calvo, y también nos encontramos en el Santa Sabina un par de veces, el antro de moda en aquella época, un lugar enorme pero de techos muy bajos donde podías dibujar con el dedo en el aire utilizando el humo mezclado del tabaco, el chocolate y la marihuana. Creo que fue allí la primera vez que me dijo que estaba en contacto con una editorial para traducir al español La vida maravillosa de Stephen Gould, yo le animé a realizar el proyecto obviamente.

Pasados unos meses un día coincidimos en una cafetería, yo había quedado con otras personas pero me quedé a solas con él en la barra porque me dijo que necesitaba ayuda con la traducción. Llevaba tiempo sin verle y me sorprendió la profundidad de los cambios que había experimentado; cuando le conocí era un tío delgado, pero en ese momento estaba tan flaco que se le notaban los huesos de la cara, llevaba una gabardina raída, más sucia y descuidada de lo normal incluso para un tipo como él, y además su discurso, que en el pasado era siempre preclaro y a veces brillante, se había convertido en una especie de balbuceo, no hilaba bien las ideas, parecía que le costaba pensar, estaba raro, muy raro, y paranoico, mirando todo el tiempo por encima del hombro como si le preocupara que alguien pudiera oír nuestra conversación. Evidentemente le dije que si, que le ayudaría, aunque no habíamos hablado de verdad desde aquella borrachera épica en mi casa, sabía que estábamos conectados y me negaba a verlo hundirse del todo sin hacer nada, sin ofrecerle por lo menos mi apoyo. Visto desde fuera, como le veía yo antes de conocerle, parecía el tipo más popular de la ciudad, en la práctica era un solitario y aunque todo el mundo parecía conocerle en realidad la profundidad de sus relaciones era muy superficial, en ese momento pensé que estaba sufriendo una especie de brote psicótico y nadie parecía darse cuenta.

En aquella época estaba liado con una chica colombiana llamada Corina, que hacía un máster de psicología, fue una coincidencia milagrosa porque ella diseñó la estrategia a seguir y fue realmente la persona que permitió que todo aquello no acabara en un desastre total.

Le traje a mi casa, donde recibió una medicación y asistencia psicológica de mi chica, no podíamos dejarlo solo. Comenzamos un régimen de comidas, regularización de horarios, control del sueño y ejercicios físicos y mentales, abandonando totalmente la traducción y los trabajos del máster, que no era capaz de afrontar intelectualmente en ese momento.

Poco a poco comenzó a recuperarse, después de 2 o 3 semanas hablaba con casi total normalidad y las paranoias desaparecieron, incluso comenzó a coger un poco de peso, yo había llegado a estar cómodo en casa con su presencia y pensé que podíamos ser compañeros de piso o algo parecido en el futuro. Unas semanas después apareció en la ciudad su madre, desesperada porque no sabía qué había pasado con él. Se lo llevó de vuelta a Estados Unidos tan rápido que me dejó un poco noqueado; un día estaba viviendo con Gordon, con todo lo que eso significaba, y al siguiente se había marchado y no tenía idea de cuando volveríamos a vernos. Escribí varios mails que no contestó en meses. Creo que pasó medio año hasta que finalmente respondió excusándose por el silencio prolongado (se había sometido a un tratamiento largo y difícil) y me dio las gracias por lo que había hecho por él en el momento más complicado de su enfermedad. Comenzamos a escribirnos regularmente pero la relación se enfrió muy rápido; no tenía pensado volver a España (abandonó definitivamente el Máster), pero sobretodo transmitía en sus correos un tono de lejanía, como si le costara escribir más de 3 frases de compromiso, cada vez se hizo más escueto y pasivo, y terminó provocando una desconexión inevitable. Supongo que yo representaba el recuerdo del hundimiento, algo de lo que obviamente quería alejarse por todos los medios posibles. No estoy seguro de que mi insistencia le haya molestado, nunca me lo dijo directamente, pero a día de hoy supongo que algo parecido le ha tenido que pasar por la cabeza.

El año pasado, un amigo de una editorial de México que me envía regularmente sus novedades me dio la sorpresa con una nueva traducción de La Vida Maravillosa que ha hecho Gordon con toda seguridad, no va firmada con su nombre porque ha utilizado su seudónimo favorito, el mismo que usó para los artículos de una revista universitaria en la que colaboraba cuando nos conocimos. Por un lado estaba contento de que lo hubiera conseguido, cuando vi el nombre me sentí feliz, pero por otro lado, y esto me pasa siempre que pienso en él, me molesta representar algo negativo en la vida de una persona, soy lo suficientemente viejo como para aceptar que no todos podemos guardar un mismo recuerdo de una situación; lo que para unos puede ser una experiencia enriquecedora para otros puede ser un infierno, pero me molesta ser parte del infierno, definitivamente es algo que no soy capaz de aceptar sin más. Así que me compré el libro y me puse con él, yo conocía muchos de los libros de ensayos de Stephen Gould, recopilaciones de sus artículos en la revista Nature, creo que es el mejor divulgador científico que he leído con diferencia. El pulgar del panda y La sonrisa del flamenco me parecen clásicos, algunos de sus ensayos los he leído como si se tratara de cuentos policiacos, con expectación por descubrir el final de la historia. En general, todo lo que he llegado a leer de él me ha encantado, pero debo reconocer que no había leído nunca La vida maravillosa por toda la historia de Gordon. Y el hecho es que cuando me puse a leer no me gustó, no la historia, que era tan apasionante como siempre en los ensayos de Gould, sino la manera de contarlo, la traducción, definitivamente comencé a encontrar peros en la redacción, aunque no hubiera leído el original en inglés, en cada página aparecían palabras o frases que me parecían mal utilizadas o construidas, se me hizo insoportable. Me fui a la biblioteca y saqué la edición de Drakontos y entonces respiré, efectivamente mi impresión era acertada: la traducción de Gordon es una mierda, y no sé cómo sentirme al respecto. El libro, ahora que lo he leído dos veces, es una maravilla como su título, pero esa traducción, no firmada por el gran Gordon Collins, quien fuera líder in pectore de los sueños más disparatados de una comunidad universitaria, es intocable.