Diez Libros

Argumentos de temporada, para gustos no exquisitos

requesón y mantequilla, a todos nos gusta el frito

Dibujo de Pablo Sánchez Herrero

Zona Temporalmente Autónoma, Hakim Bey

Cuando llegué a Barcelona en el 2003, o 2002, ya no me acuerdo exactamente, este libro ya era viejo y la teoría de las casas okupas también, pero me gustaba una chica que vivía en una, y consideré necesario leerlo para tener algo que decir al respecto, y sí, tuve algo que decir siempre en las conversaciones libertarias con sus amigos, pero supongo que era muy libresco y metafórico y por eso me miraban con desconfianza. Vestía como un niño de papá, hablaba con acento y tenía un trabajo normal, obviamente yo no podía ser uno de los suyos, pero creo que fueron algunas frases de Hakim Bey (llegué a citar párrafos enteros de memoria) lo que me hizo tan insoportable que terminaron largándome del lugar un viernes por la tarde, que no se me olvida porque esa noche había una enorme manifestación de Aturem la Guerra en la que mi plan, infantil por supuesto, era intentar encontrar el primer beso que llevaba días en mi cabeza.

Al final fui solo a la mani.

3 o 4 años después, viviendo ya en Salamanca, me enamoré totalmente de una mujer espectacular que conocí en un concierto, era inteligente, talentosa, guapa, en dos palabras, como diría el filósofo: im presionante. Estaba totalmente colgado por ella, pero totalmente, nos liamos 3 veces y yo me hacía ya ilusiones de todo tipo pero ella mantenía la tensión sobre lo que éramos etc., no estaba segura, en resumen. La cuestión es que ella participaba en el equipo gestor de un espacio cultural (que por idiosincrasia y actividad podría definirse como un híbrido entre Ateneo de toda la vida y casa okupa) donde tenían un conflicto porque la sesión para utilizar el inmueble (propiedad del ayuntamiento) estaba a punto de expirar y no iba a ser renovada. Se convocó una asamblea y después de varias intervenciones donde se defendió a muerte la necesidad de resistir al cierre se me ocurrió tomar la palabra para, citando una vez más a Hakim, hablar de que lo importante no era el lugar sino el colectivo y el espíritu, y en resumen proponer que nos fuéramos a otro sitio, dejando que la institución hiciera lo que le apeteciera con el espacio. Mi argumento fue que el colectivo era lo suficientemente poderoso como para generar en cualquier otro lugar un movimiento parecido al que ya se había generado allí. Al principio creo que sorprendió tanto escuchar algo así que la siguiente persona que habló no intentó rebatirme, pero no convencí a nadie y rápidamente comenzaron otra vez a reafirmarse en la necesidad de una resistencia numantina, hasta que una chica me pidió explicaciones directas por mi opinión, pero no me permitieron volver a intervenir, y un tío, al que no olvido porque tenía una barba tipo Marx espectacular, terminó acusándome de ser un infiltrado del ayuntamiento o algo parecido. La asamblea terminó haciendo piña en mi contra, no necesitaban otro adversario, ya lo tenían, pero al surgir el chivo expiatorio no lo desaprovecharon.

No me echaron, pero al final de la reunión nadie se acercó a hablarme, todo el mundo me evitaba con la mirada y los gestos, y ella, la mujer que me tenía encandilado, me ignoró de la manera más dolorosa posible. Intenté acercarme a un corrillo donde estaba hablando con sus compañeros, quería explicar mi posición, exculparme, pero ella me quitó la mirada y a 2 metros pude escuchar como decía al resto: lo siento, apenas le conozco. Me fui de allí destrozado, con ganas de llorar, totalmente impotente.

Y ahora ya pasamos a la actualidad, año 2021, mundo coronavirus, Madrid nevado. Cerca de casa, en la misma manzana pero no sé donde, vive una mujer que me gusta, es morena y tiene los ojos claros y hay algo en su manera de caminar que me atrae, tiene un perro que saca de paseo todos los días a eso de las 9 de la noche. Un día, con la ciudad colapsada por la nieve, con el tráfico todavía cortado y los contenedores de basura a reventar la veo discutir con un hombre junto a los contenedores, el hombre, típico señor mayor madrileño, le espeta una serie de improperios mientras ella intenta acomodar en el espacio libre del contenedor un par de cajas y una bolsa. Me acerco para intervenir y consigo con algo de compadreo calmar al anciano, que finalmente se retira con el nabo envainado, en ese momento vi que arriba del todo, en la caja a medio abrir, estaba la edición de Talasa de los 90 de la Zona Temporalmente Autónoma, menos completa que la más reciente de la Felguera, pero con el encanto de las ediciones del siglo pasado, apenas vi el libro pensé que era mi oportunidad e inmediatamente me lancé un par de frases laudatorias con intención de ser gracioso. Allí comenzó todo:

  • Era de mi padre, estas son cosas de mi padre, que ha muerto, hace unas semanas ha muerto (mi cara se va poniendo seria poco a poco), murió en casa, lo habíamos dejado solo, (balbuceo pero no llego a articular) tenía coronavirus, al final murió de una neumonía, murió, mi padre, no era tan viejo sabes, hay gente que piensa que solo mueren los viejos, pero él hacía muchas cosas, es verdad que estaba un poco… en fin, no sé porque te hablo de esto, lo siento, perdón (hago gestos estúpidos con las manos), perdón, no, no pasa nada, si quieres puedes cogerlo, es que le gustaban las historias de piratería, era profesor de historia, pero vamos, que hacía su vida totalmente, se valía por sí mismo, mi padre (yo definitivamente no sé qué decir y ella está llorando), mira de verdad lo siento que no te conozco de nada y te estoy contando este rollo, gracias por hacer que se fuera ese energúmeno, es que yo no estoy para discutir, gracias (recupera un poco el gesto y aunque sigue teniendo lágrimas en los ojos sonríe), lo siento es que es todo tan absurdo, tan raro, Madrid, todo esto, la puta pandemia, y bueno lo de la nieve ya qué quieres que te diga (aquí ya se ríe más abiertamente sacando el aire contenido en sus pulmones y se limpia las lágrimas con el guante), bueno me voy a ir, muchas gracias de verdad, no sabía que decirle a este… bueno, a este, pero… espera, toma toma (me da el libro), lo estaba tirando porque recuerdo que a mi padre no le gustaba, una vez me dijo que no tenía nada que ver con la piratería de verdad, que eran un montón de tonterías de hippies para justificar la ocupación, no le gustaban los hippies, en fin qué le vamos a hacer, gracias, y… lo siento mucho (yo cojo el libro como a quien le clavan un florete en el medio del pecho), lo siento, yo no me pongo a llorar así de repente en cualquier parte, lo siento, y gracias por ayudarme con este señor que de verdad he estado a punto de colapsar (como era de esperar no puedo parar de hacer gestos tontos de “no te preocupes, no pasa nada” pero con las manos, porque no soy capaz de articular palabra) hasta luego hasta luego… hasta luego.

Y si estas 3 historias de amor y desencuentro no son argumentos más que suficientes como para leer este libro inmediatamente, ya no sé qué más contar.